Comunidad de Cristo

Palabras de Consejo Espiritual a la Iglesia

Llevo ya numerosos meses luchando con la persistente convicción de que Dios está pidiendo a la Iglesia que busque un entendimiento más claro de lo que significa ser un pueblo profético. He podido sentir como nunca antes que somos llamados a ser testigos fieles de Jesucristo y a reivindicar los principios de la Restauración en nuestra propia época. Estos pensamientos me han obsesionado, tal vez en parte porque me he rehusado a expresarlos dándome cuenta angustiosamente de mi pecaminosa condición y de mis defectos personales. Pero no obstante, la urgencia pesaba en mí aún hasta una noche en la que estaba inquieto y daba vueltas en la cama sin poder conciliar el tan necesario sueño. Yo me levanté por fin en el silencio de la noche e intenté acoger lo que estaba escrito en mi corazón.

Las palabras no fluían como si fueran dictadas, sino que eran arrancadas de mi encuentro personal con el Espíritu que trabajaba conmigo desde hacía numerosos meses. Escribí, y más tarde en los días posteriores reflexioné sobre las palabras volviendo a arreglarlas en algunas partes, según recibía una mayor clarificación. Todavía al presentárselas a la Iglesia, lo hago consciente de que hay más que queda por decir. Pero el mismo Espíritu que me conduce a escribir estas palabras también me obliga a invitar a la Iglesia a participar en la tarea de discernir la voluntad de Dios para con nosotros. Yo todavía no sé a punto fijo qué proceder nos convenga más, pero creo que eso será nuestro próximo paso al continuar la realización de llegar a convertirnos en un pueblo profético.

A los Concilios, Quórum, y Órdenes, a la Conferencia Mundial, y a la Iglesia:

1a. Oh, pueblo mío de la Restauración - escuchen todos los que aspiran a ser parte de un pueblo profético, encarnando en su vida colectiva los ministerios del Templo. Escuchen a la Voz que les habla desde más allá de los cerros más lejanos, desde los infinitos cielos de arriba, y desde los vastos mares de abajo.

b. Escuchen a la Voz que resuena dando ecos a través de los eones del tiempo y que incluso todavía habla en este momento. Atiendan a la Voz, pues no podrá ser callada, y los llama una vez más a la grande y maravillosa obra de establecer el reino apacible, hasta el de Sión, por Él, cuyo nombre profesan.

2a. Escuchen bien teniendo presente su travesía como pueblo, porque es una santa peregrinación y les ha enseñado muchas cosas que deben saber para el camino que queda por atravesar.

b. Hagan caso a las enseñanzas y descubran nuevamente sus principios. No anhelen los días de antaño, sino reconozcan que se les ha dado una fundación de fiel servicio, mientras todavía echan los cimientos para lo que aún ha de ser.

c. Como pueblo profético son llamados, bajo los auspicios de las autoridades y con el consenso común del pueblo, para discernir la voluntad divina para su propia generación y en los lugares en que sirven. Ustedes habitan un mundo con desafíos nuevos, y ese mundo requerirá formas ministeriales nuevas. El sacerdocio debe responder de manera especial a esos desafíos, y a la Iglesia se le amonesta que mediante la oración considere el mejor modo de efectuar la expresión de las vocaciones y la aptitud de dotes naturales en la Comunidad de Cristo en una época nueva.

d. Ya se les ha dicho que recurran a los sacramentos para enriquecer la vida espiritual del cuerpo. No es el rito en sí de los sacramentos lo que aporta la gracia, sino que es la presencia divina lo que les da vida. Sean respetuosos de la tradición y sensitivos los unos con los otros, pero no estén rigurosamente ceñidos por las interpretaciones y los protocolos que ya no se ajusten a las necesidades de una Iglesia de dimensión universal. Para tales asuntos vendrán directrices de los que están llamados a dirigir.

e. Se les recuerda una vez más que esta comunidad nos fue traída como creación divina. Por tanto el Espíritu de la Restauración no queda encerrado en un solo momento temporal, al contrario: el llamamiento es a cada generación para que testifiquen de las verdades esenciales en su lengua y forma particulares. Dejen que el Espíritu respire libremente.

3a. No se dejen desanimar. No se les ha prometido un camino fácil, sino que han sido asegurados de que el Espíritu que los llama también los acompañará.

b. Ese Espíritu ahora mismo llama a la vida a las almas de los que sienten arder dentro de sí la pasión de su discipulado. Otros muchos responderán, si ustedes siguen empeñados en ser testigos y en ser constantes en su misión al mundo.

4a. Hagan mucho caso a los numerosos testimonios de los que por el mundo entero han sido atraídos a la agradable convivencia de la Comunidad de Cristo. La riqueza cultural de diversos pueblos, la poesía de su variado lenguaje y su amplia experiencia humana permiten que el evangelio sea visto con nuevos ojos y captado con frescura de espíritu. Ese don se les ha dado a ustedes. No dejen de apreciar su poder.

b. Es para fines divinos que se les ha dado la lucha así como también los disfrutes de la diversidad. Así tendrá que ser siempre en el reino apacible.

5a. No sean definidos por las cosas que los separan sino por las cosas que los unen en Jesucristo.

b. Una y otra vez se les ha aconsejado reconciliarse y pretender la unidad que es imperativa en la edificación del reino. El Espíritu otra vez les aconseja no permitir que las fuerzas divisivas los distraigan de su obra como testigos.

c. Escuchen juntos los unos a los otros, sin prejuzgar ni predisponer. No den por sentado que las soluciones para asuntos de conflicto hayan sido percibidas ya. Hay mucha labor que llevar a cabo. Razonen juntos con amor, y el Espíritu de la verdad prevalecerá.

6a. Desde los días más tempranos se les ha dado un principio sagrado que declara el valor inestimable de todas las personas. No se olviden.

b. El que creó a todo el género humano llora las vergonzosas divisiones dentro de la familia humana. Un pueblo profético debe trabajar infatigablemente para derrumbar muros de separación y levantar puentes de comprensión mutua.

c. Ustedes tienen vidas preciosas en sus manos. Sean tiernos y de bondadoso trato los unos para con los otros. Una comunidad no es más fuerte que el miembro más débil dentro de ella. Así como Él a quien siguen se ofreció a servir a los que eran rechazados y marginados, también así debe ofrecerse la comunidad que lleva su nombre.

7a. Hay muchas vidas que esperan oír las palabras redentoras del evangelio, o ser rescatadas de su desesperación por las manos de siervos amantes. Pero a ustedes se les van a perder sin la acción generosa de discípulos que impartan de su propia abundancia para que otros conozcan los disfrutes del reino.

b. Muchas personas temen, creyendo que su seguridad se encuentra en la acumulación de cosas materiales que posean. Las soluciones que buscan no son inherentes en las cosas de este mundo sino en la fe que pone su confianza en las promesas dadas a todos los que tienen deseos de seguir a Jesucristo.

c. A ustedes se les han dado los principios de la generosidad, interpretados correctamente para una época nueva. Estos principios apelan a todo discípulo a diezmar fielmente conforme a sus medios y capacidades. Esos valores profundamente enraizados en la fe de la Restauración, afirman que la buena mayordomía y el discipulado no se podrán dividir y que son recíprocamente dependientes.

d. El llamado a responder es urgente. Procuren atender a los menesteres de sus propias congregaciones, pero miren también más allá de sus muros hasta los cabos más remotos de la tierra adonde la Iglesia tendrá que ir. Cada discípulo necesita de una casa espiritual. Ustedes son llamados a construir esa casa y cuidar de ella, pero a participar también de igual manera en los ministerios y servicios de asistencia pública de la Iglesia. De esa manera el evangelio podrá ser enviado a otras almas que anhelan un lugar de descanso espiritual.

8a. Ustedes son un pueblo bueno y fiel, pero algunas veces no alcanzan a ver el poder que radica en su propia historia y grata convivencia y comunión. Mírenlo todo bien de cerca, escuchen atentos, y sientan el Espíritu entre ustedes.

b. No estén demasiado preocupados con números. Sean fervientes en su obra como testigos apasionados en su discipulado, y vigorosos en su labor por la paz y justicia. Dondequiera que dos o tres de tales discípulos formen comunidad, ahí será el Espíritu. Muchos vendrán a ver.

c. Oh, pueblo mío de la Restauración, prosigan ustedes en su travesía. Han sido

bendecidos hasta este punto pero todavía queda mucho por ver, tanto más aún por hacer. Vayan adelante confiados y vivan proféticamente como un pueblo que ha sido amado, pueblo que ahora opta por amar valientemente a otros en el nombre de Él a quien sirven. Amén

W. Grant McMurray
Presidente de la Iglesia

Independence, Missouri, USA
29 de marzo del año 2004