Comunidad de Cristo

Proclamamos a Jesucristo

Preámbulo

A través de la historia, los cristianos han buscado describir su fe en Jesucristo. Tradicionalmente, las igle- sias han usado declaraciones de creencias y confesiones de fe para articular su entendimiento de la persona y obra de Jesucristo. Dichas declaraciones proveen fun- damentos importantes para la educación de discípulos y para abordar preguntas teológicas que surgen de tiem- po en tiempo.

Mientras las palabras finalmente nunca son ade- cuadas, la declaración que sigue describe lo que es el núcleo de nuestras creencias como la Comunidad de Cristo. No esperamos que haya aprobación univer- sal para esta declaración y rechazo de cualquier uso prescriptivo de esta. Aún así, es nuestra oración que la iglesia la encontrará como un resumen convincente de nuestra fe, y que será de ayuda para la misión de la iglesia cuando proclama a Jesucristo y promueve comu- nidades de gozo, esperanza, amor y paz.


Como miembros de la Comunidad de Cristo, es- tamos unidos con otros cristianos en cada lugar y en cada época por nuestra confesión de Jesucristo, Hijo del Dios Viviente, autor de nuestra salvación y cabeza de la iglesia.

Jesucristo es la Palabra hecha carne, totalmente hu- mano y totalmente divino. En Él nos vemos a nosotros mismos y a Dios, a quien tiernamente llama Abba, el compasivo, quien dio vida a toda la creación y la declaró “buena”. Junto con el Espíritu Santo, son uno.

Por el misterio de la encarnación, Jesús, nació de María, vino al mundo a vivir y morar entre nosotros para revelar la naturaleza y voluntad de Dios. Proféti- camente condenó la injusticia en el templo y proclamó las buenas nuevas de la venida del reino de Dios en la tierra, predicando la liberación a los oprimidos y el arre- pentimiento a los opresores. Enseñó a sus seguidores amar a Dios, amar a su prójimo y amar a sus enemi- gos. Al comer con pecadores, servir al pobre, sanar a los impuros, bendecir a los niños y dar la bienvenida a las mujeres y hombres por igual entre sus discípulos, Jesús declaró que todas las personas son valiosas a los ojos de Dios.

Jesús fue traicionado por sus propios amigos, acu- sado de blasfemia y traición, y sentenciado por Poncio Pilatos a morir en una cruz entre dos criminales co- munes. Perdonando a sus asesinos y eligiendo cargar con el pecado, dolor y sufrimiento del mundo entero, reconcilió a toda la humanidad con Dios.

Al tercer día, Dios levantó a Jesús de entre los muertos, reivindicando su vida y ministerio, y triunfando sobre toda injusticia, incluso la muerte misma. As- cendió al cielo, habiéndoles confiado a sus seguidores la autoridad de dar ministerio en su nombre hasta los confines de la tierra. Envió al Espíritu Santo para estar con ellos en su testimonio de las buenas nuevas de la Resurrección.

Cristo es nuestra paz, que rompe los muros de di- visión de hostilidad entre nosotros. Él nos promete la redención y sanidad de nuestras relaciones con Dios, con otros y con toda la creación.

La iglesia, el cuerpo de Cristo, es llamada a procla- mar el evangelio hasta que Cristo venga otra vez. Es Él quien nos perdona en el bautismo, y nos alimenta en su mesa. Como discípulos de Cristo, somos llamados a ajustar nuestras vidas a la suya, viviendo en comunidad amorosa con otros, viendo a Jesús en las caras de los hijos más pequeños de Dios, y sirviendo a aquellos a quienes el mundo ha olvidado. Es a Cristo y a su evan- gelio a quienes declaramos nuestra lealtad y por la cual seremos juzgados.

Las promesas de Dios en Jesucristo son seguras – por las cuales el Espíritu Santo nos dará la gracia para hacer todas las cosas que se nos han pedido: valentía en la lucha por la justicia, pasión por la paz en medio de la violencia, perdón de nuestro pecado, mayordomía en el lugar del materialismo, sanidad del cuerpo y del espí- ritu donde hay dolor, y vida eterna frente a la muerte.

Vivimos y servimos con la esperanza de que el reino de justicia y paz de Dios de hecho vendrá trayendo sanidad a toda la creación que gime. Poniendo nuestra confianza en el Cristo ascendido, presente entre noso- tros por medio del Espíritu Santo, continuamos juntos, dando bendición, honor y gloria a Dios, ahora y para siempre. Amén

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